Casa, única educación.
Lo que aprendemos de niños con respecto del comportamiento en grupo, lo asimilamos independientemente de la escuela, sin embargo, el toque familiar es el punto medular para entender qué características presentaremos ante las asociaciones que estableceremos fuera de casa. Somos el reflejo de las relaciones familiares que desarrollemos.
Ser buen o mal estudiante no se deslinda de lo anterior y más que seguidores de un estilo de comportamiento, somos relativamente reaccionarios al ambiente que se nos imponga en el hogar, quizá por tratar de encontrar una identificación con alguien o porque, dependiendo de las reglas que tengamos que acatar, no toleramos las imposiciones.
Al abrirse una posibilidad más de expresión de lo que se piensa, bajo el cobijo de la ignorancia de los mayores, el niño o el adolescente pudiera creer que tiene inmunidad y libertad de afiliarse, compartir o atacar (violencia incluida) sin que tanga consecuencias. Por supuesto, esa idea se arraigará, vuelvo al principio, según lo que hayamos aprendido del comportamiento social en casa.
Si la moneda corriente es el disimulo, obtendremos gente evasiva que nunca verá la necesidad de enfrentar las situaciones que se vaya creando, el riesgo está en que ese camino nos lleve a producir personas cobardes que se salvaguardan en trincheras turbias y medrosas. Si queremos convivir con gente transparente, el único sendero es la honestidad.
Roberto Barroso Espinal
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