lunes, 27 de diciembre de 2010

La nueva barbarie

Bajar la barriga, de milagro.
A toda hora y en la mayor parte de los medios se nos advierte sobre el uso inteligente del aguinaldo, eso está muy bien puesto que prevenir ciertos gastos que parecen intrínsecos del mes de enero, conviene bajo cualquier punto de vista. Las recomendaciones sobre inversiones y ahorro tienen la buena intención de darnos un panorama y un abanico de posibilidades, según lo que tengamos de capacidad económica.
No obstante, hay algo que en cuestión cultural nos marca y crea una necesidad para con los demás: demostrar nuestro afecto de manera material. Dar un regalo, ofrecer una comida o pasear con nuestros seres más cercanos representan formas en que tradicionalmente nos damos y demostramos afecto. Algunos más que otros, pero siempre es muy satisfactorio regalar, como decimos para disculpar en parte el tamaño del obsequio, "un detallito".
Lo malo no es eso, por el contrario, en realidad creo que es muy satisfactorio. A lo que quiero llegar es que, por muchos mensajes que se nos ofrezcan para guardar un poco de lo ganado en un año, los mensajes dirigidos hacia adquirir un sinfín de productos por lo general propensos a ser abandonados, superan el uso del espacio comunicacional.
En ese mismo espectro, aprovechar la tendencia y afición que tenemos como pueblo por la comida, crea un búnker comercial, donde se ofertan aparatos milagrosos para reducir medidas y/o bajar de peso; desde el punto de vista de la salud, es loable que se preocupen -no puedo evitar cierta sorna en este punto- por nuestro estado físico, lo deplorable es que se trata de una imposición, por debajo del agua, de una estandarización de lo que debe ser la figura estéticamente perfecta, como se ha hecho todo el tiempo en la comercialización del cuerpo humano.
Tomemos en cuenta que, por muy milagrosos que resulten unos tenis con suelas especiales, si no se usan, por muchos imanes que posean no nos harán bajar de peso. La balanza propone entonces: aguinaldo o nuevos y milagrosos percheros para las camisas que no caben en el ropero.
Roberto Barroso Espinal

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