Libre accionar, libre expresión.
La libertad de expresión ha tenido sus etapas donde se le cuestiona más en cuanto a las posibilidades de ejercer un control férreo sobre ella, que los contenidos manejados en los medios. Las sociedades se sorprenden más con lo que parece atrevido pero no se toma la molestia de cuestionar y proponer altenativas de consumo o de producción de mensajes.
Cuando el control se intenta desde alguna cúpula de poder, no importa de qué tamaño, el grado de censura toma un tono bastante deprimente; controlar un medio de comunicación no garantiza que éste mejore su calidad si no se aclara para qué debe controlársele, en el mejor de los casos ésta sería la inquietud más loable, aunque de cualquier manera, no deja de ser coercitiva.
Por otro lado, la intención podría ser más perversa, se requiere de controlar al medio porque no es cómodo el servicio que se está prestando a la comunidad y representa por ello, un peligro a la estabilidad de cualquier organización. En este caso, la libertad se ve en una plataforma totalmente contradictoria a su propia naturaleza.
Cuando se maneja una revista, lo que se pretende es copar de la mejor manera los intereses del público al que va dirigida, sin menoscabo de esfuerzos o búsqueda de información, teniendo en cuenta los aspectos éticos que adquiere al nacer; ni siquiera la institución a la que sirve, sin previo aviso, puede disponer de la estructura, los contenidos o la forma de trabajar de ella. Este espacio es libre.
Roberto Barroso Espinal
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