Al parecer la corrupción cada día cobra más vidas, ahora perdieron la vida algunos mineros, lo que da coraje es saber que esta supuesta mina no contaba con los permisos requeridos ni con las medidas de seguridad requeridas.
Es sorprendente que a pesar de ser un país minero no se cuente con la tecnología o herramientas adecuadas para este tipo de actividad, permitiendo que se arriesgue la vida de personas que lo único que buscan es llevar un sustento a sus hogares, pero para que nos engañamos es la realidad de muchos trabajos en México, lamentablemente como no conocemos nuestros derechos como trabajadores permitimos muchas injusticias.
Por otra parte como si no fuera suficiente estas deplorables condiciones, nuestras autoridades dan el tiro de gracia pues en lugar de poner orden y buscar la seguridad tanto de los trabajadores cómo de las personas exteriores, sólo se preocupan por ver de cuanto será el donativo que recibirán por agilizar los tramites y dar la autorizaciones necesarias sin verificar antes el lugar donde se encuentran las instalaciones.
Es claro que el dinero lo mueve todo, pero en verdad vale tanto el dinero para compra una vida, creo que muchas personas piensan que si pues con tal de conseguirlo le quitan la vida a personas, estos mineros que perdieron la vida, sólo buscaban la manera de ganarse la vida pensando que todo estaba en orden y cada que iban a trabajar se enfrentaban con una bomba de tiempo, lo peor de esto es que dudosamente alguien pague por todas estas vidas perdidas, la misma ley impide que estas personas responsables den la cara, y los dejan en libertad si sueltan una buena cantidad de dinero para que se extravíen las pruebas o los testigos no aparezcan etc. Actualmente si no tienes dinero te expones a tantos peligros, mientras nuestras autoridades sólo llenan sus bolsillos, personas inocentes pierden la vida y quienes se las roban andan tan tranquilos por la vida cuantos casos de asesinatos o accidentes por descuidos han quedo impunes, creo nuestras autoridades se han convertido en nuestros peores verdugos.
Por: Beatriz Vargas Villagrana
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