Ser profesional o divertirse
No todo lo corrompe el dinero, pero sí llega a quitarle emoción a lo que debiera practicarse sólo por divertimento; dada la presión que se ejerce por la sobrevaloración económica de algunas actividades, la obligatoriedad sustituye a la diversión. Quién haya practicado algún deporte, cocinado, ido de paseo conociendo lugares, sabrá a qué me refiero.
Hace algunas décadas, en mis primeros contactos con las obras de Rius, uno de sus personajes, Don Rucailo, sale tocando la armónica y es cuestionado por otro sobre la posibilidad de cobrar por interpretar melodías con tal instrumento. La respuesta me dejó pasmado de primera instancia, pero después de tiempo ha adquirido peso, ésta fue que si se dedicaba a cobrar por tocar, ya no podría escoger las melodías que a él le gustaran sino que tendría la obligación de complacer a alguien más.
Dentro del esquema pragmático de mi familia, en el cual estaba muy imbuido, resulta absurdo que alguien no pensara en ganar dinero con algo que le gustara hacer, sin embargo, al recordar las trayectorias de algunos intérpretes o deportistas que van cambiando su fisonomía y la manera de expresarse de la actividad que escogieron porque les satisfacía, al entrar en la dinámica de la profesionalización, ésta se vuelve una obligación con reglas ajenas.
Así pues, en ocasiones, no resulta del todo satisfactorio convertirse en figuras como Ronaldinho, ser el titular del toque de Aquiles o pasar por GEM (Gringo en México). Pudiera ser casi imperceptible, pero el gusto parece ir en franca retirada. Una visión distinta de lo que significa ser profesional se impone.
Roberto Barroso Espinal
No hay comentarios:
Publicar un comentario