La lucha por la sobrevivencia informativa.
Podríamos rasgar nuestras vestiduras al enterarnos que la información que los medios de comunicación vierten para el consumo cotidiano nos parcializan la visión del entorno, podríamos también acusarlos de manipulación con fines siniestros para hacerse dueños de nuestras voluntades y así convertirnos en consumidores compulsivos.
No negaré el papel ni la participación de los medios en la desubicación social, sin embargo como en todas las relaciones, la que llevamos medios y consumidores es en dos vías; las responsabilidades son compartidas y los resultados tienden a apuntar hacia ambos lados cuando se trata de dirimir quiénes son los culpables.
Hay un juego irresponsable donde lo que se emite, sin medir consecuencias o quizá plenamente calculadas, propone una visión de la realidad cercana sólo en cuanto a la urgencia de tomar medidas ante situaciones emergentes, por ejemplo la inseguridad. Al día de hoy, lo que hemos obtenido en términos generales es saber que en ciertos lugares a ciertas horas, no es conveniente transitar.
Por el otro lado, quienes consumimos los mensajes, no nos hacemos responsables de ser críticos ante ellos y los absorvemos como si todo fuera inocuo; es cierto que no porque las cosas se pintes de una manera específica, la sociedad imitará lo que ve o escucha automáticamente, pero sí establecerá un precedente que justificará los futuros comportamientos sociales.
Lo problemático se encuentra a la hora de establecer quién tiene la culpa de la influencia ejercida desde los medios. Cada uno de los actores en la relación producción-consumo señala al otro sin reconocer su parte. Se requieren dos para bailar tango y en la melodía diaria compuesta por toda la sociedad, no se vale establecer pasos distintos para cada uno.
Roberto Barroso Espinal
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