La indigencia presenta múltiples caras, pero una misma necesidad: sobrevivvir. Cierto es que las contingencias reactivan la iniciativa y la imaginación, sin embargo, hay situaciones que nadie debería pasar por el simple hecho de ser un humano. Nada que estuviera en detrimento de la dignidad de las personas debiera existir.
Mucho nos indignamos con lo que les sucede a nuestra gente en la frontera norte, pero las condiciones en las que vivien los centroamericanos que desean cruzar el territorio nacional para alcanzar la unión americana, son iguales o peores en cuanto al abandono al que son sometidos. Resulta inimaginable entender a cabalidad lo que padecen y el riesgo que enfrentan al intentar moverse de un país al otro.
Tuve el extraño privilegio de estrachar la mano de un migrante, lo áspero de su piel me recordó la manera que tenían en mi tiempo de estudiante de primaria, de hacernos entender que si no estudiábamos, nada seríamos en la vida; entre ese discurso y algunos edificios, fábricas de hecho, que lucían sus vidrios rotos, hacían que imaginara un futuro lleno de padecimientos y limitaciones.
No creí que hubiera gente que en verdad careciera de lo más mínimo, pensé que la pobreza era un castigo divino para quienes se portaran mal y cometieran los más atroces delitos. Ahora, aterrado me doy cuenta que la realidad nos escupe una cara totalmente distinta; quienes delinquen, gozan de todas las comodidades y los que intentamos llevar una vida dentro de las leyes, debemos padecer. Y hay quienes padecen lo indecible. La justicia no está hecha para todos.
Roberto Barroso Espinal
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