Los pormenores del "acaso"
Nuevamente la duda emerge de entre nuestras suspicacias; la incredulidad va ganando terreno en cada vez más ambientes sociales. Trátese de un juicio oral, un partido de fútbol o una película, tenemos de cajón dos perspectivas: o es una traba de las autoridades pertinentes o es un ardid publicitario para desviar o poner más atención en ello.
El sentimiento que crea es que ya no hay manera de confiar en nadie que no sea cercano a nosotros; si no nos quieren ver la cara con el precio de un básico, tienden a manipular nuestros gustos al grado de dictamiar lo que debemos usar o imponen hasta el cansancio, formatos de lo que es estar acorde a "nuestros tiempos" o no.
El entrecomillado pone en relieve lo que hacemos con algunos conceptos, para diferenciar(nos) o incluir(nos) en un grupo determinado. El tiempo de cada uno es desde que nace hasta que muere, no un segmento de moda que tiene que ver con cierta edad. Entonces, nos encontramos entre dos vertientes de pensamiento cotidiano.
Por un lado, no queremos ser segregados por volvernos viejos, por lo que estamos prestos a tratar de imponer nuestro punto de vista, normalmente poco documentado y por el otro, ya no creemos que algo venga desde la buena voluntad de una persona o un grupo, lo que nos hace perder de vista lo que sí podría convenirns, independientemente de su inteción. El hueco mental está en que no nos proponemos una vigilancia de lo que recibimos como mensajes, no somos capaces de entender que una idea queda inútil sólo si la recibimos, que el círculo no se cierra hasta reaccionar a ella.
La incredulidad puede ser el primer paso para entender mejor nuestro entorno y volvernos una mejor sociedad, pero si sólo nos quedamos en esta -espero buena- etapa, lo único que obtendremos será convertirnos en simples inconformistas consumidores de lo que sea.
Roberto Barroso Espinal
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