El tema de hoy, es resultado de una dinámica que en mi grupo fue llevada a cabo el martes pasado por la maestra que nos da la materia de "psicopatología de la adultez". Je, quizá estén pensando que esa información sobra, pero la considero necesaria para explicar el contexto y el motivo por el cual les escribo en esta ocasión.
La maestra escribió en etiquetas nombres de trastornos mentales, y al azar nos colocó a cada alumno una de estas en la frente, la dinámica consistía en lo siguiente: debíamos de presentarnos no con nuestro nombre, si no con el del trastorno que nos había colocado, después de esto hubo otra actividad y finalmente, nos invitaron a llevar a cabo una especie de reto, las palabras de la maestra fueron las siguientes: "yo los invito a que se queden la mayor parte del tiempo que puedan con esa etiqueta, ya que cuando nosotros hacemos un diagnóstico es como si la persona en automático se conviertiera en tal, y esto a su vez provoca reacciones en los demás. Así que observen qué sucede allá afuera cuando los vean con esa etiqueta puesta, qué prococa en los otros..."
Y qué creen... Si, acepté el reto. Para nosotros como psicólogos al momento de despedirnos al terminar la clase podía resultarnos un tanto divertido decirnos: "adios esquizoide", "cuidate dependiente", "amnesia, recuerda que mañana entramos a las 8 am", "obsesivo, recuerda abrir y cerrar la puerta 5 veces antes de salir de casa" ja, ja, ja, ja... Sin embargo para los que nos rodeaban era motivo de extrañeza; nos veían como preguntandose el por qué traiamos rótulos en la frente; otros muy seguramente pensaron "¿y a estos locos qué les pasa?" , hubo quién se atrevió a preguntar cuál era el motivo de portar la cintilla...
En lo personal para empezar fue como si no me sientiera yo, pues llevaba en la frente una etiqueta como a especie de marca, la cual con las preguntas y miradas de quienes mostraban curiosidad ante dicho suceso, en cierto punto me hizo sentir como si ocupara un lugar distinto frente al cuerpo estudiantil que me rodea día a día.
Todo esto me hizo pensar en diversas cosas en las cuales me veo inmersa a diario y no me había percatado del todo de ellas. Como el hecho de que como psicólogos nos dicen: "muchachos, no debemos etiquetar a los pacientes" cuando realmente creo al momento en que se nos pide una evaluación terminamos haciendolo. Pero no sólo los psicólogos, qué tal un médico que cuando determina que el paciente padece asma, este último se convierte en asmático; si se le detecta diabétes se convierte en diabético.
Ahora dentro de la sociedad misma, si alguién mata ya sea por error o con toda alevosía y ventaja se le nombra asesino y jamás deja de serlo. Además, ¿acaso el hecho de poner apodos, no sería también una forma de marcar a alguién? Todos lo hemos llevado acabo en alguna ocasión: al maestro que nos cae mal, al individuo que nos parece que posee una complexión poco común, a una persona que posee algún defecto (sin darnos cuenta de que realmente todos los tenemos), a alguién a quién le encontramos parecido con una caricatura, un famoso, un amigo, primo; lo mismo sucede cuando la madre después de recibir la boleta de calificaciones de su hijo comienza a decir: "¡Pero mira nada más, eres un burro, reprobaste matemáticas!"; más delante el pequeño seguramente dirá "es que yo no entiendo las matemáticas porque soy un burro"... Y la lista continúa y sería cuento de nunca acabar.
¡¡Carambas!! Todo lo que resulta de una dinámica... No sé ustedes pero yo me quedo con una interrogante, o quizá una de muchas... Si llevar esa inscripción en la frente me hizo sentir o pensarme como alguién distinta, ocupando un rol distinto... ¿Cuantás veces al encasillar a alguién como seguidor de cierto prototipo,o ponerle un apodo, lo invitamos a ser una persona distinta? Y a la vez... ¿Cuántos se creen ese papel y lo actúan? ¿Qué tanto afectamos a los demás al marcarlos?
Jessica Castañeda Ortega
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